31 de marzo
Se habla mucho del matrimonio de Francisca. Yo estoy heroica y me callo... La de Aimont gime al hablar de la increíble suerte de esta muchacha que ha encontrado el secreto de pescar tan buen partido. La cosa les es más sensible porque el joven de Martimprey exige 20.000 pesos de dote en vez de 10.000, para casarse con Paulina. Es lo último...
Los Aimont están furiosos por tal regateo, y es natural.
—¿Cómo va una a hacer para casar a sus hijas, Dios mío?—murmura la de Aimont.—No puede una, sin embargo, ponerse al acecho detrás de un muro protector y tirar sobre los yernos posibles...
—A eso se llegará, señora—dijo la abuela como consuelo...—La caza a los maridos amenaza con hacerse bárbara... ¡Qué costumbres!...
Pobre abuela... Siente mi pena a pesar de la calma aparente que ha logrado conquistar. Está triste y pálida y me mira con inquietud... En pocos días ha envejecido muchos años... Y pensar que hubiera querido tanto hacerla dichosa...
16 de abril.
He pasado una parte del día leyendo este voluminoso diario, relato de mis deseos y de mis ilusiones y testigo de mi decepción. Estaba recorriéndole con toda la melancolía de un ensueño interrumpido, cuando han venido a pedir noticias mías el padre Tomás, la de Ribert y Genoveva.
Les he leído unos pasajes de mi precioso cuaderno, y el padre Tomás me aconseja que le continúe.
—¿Qué voy a continuar?—pregunté.—¿Se continúa lo que está acabado?