—¿Cómo que está acabado?...
—Sí... ¿Qué quiere usted que añada a mis solteronas?—dije sonriendo tristemente.
—Un último capítulo—respondió el cura con fingida alegría.—Alguna cosa original.
—Ese capítulo—respondí,—está escrito... Me faltaba la solterona por decepción, y ya la tengo... Después, como cosa inédita...
—Permítame usted...
—Hacía falta añadir la lucha vergonzosa que atraviesa la joven sin fortuna en el camino de la que la posee... También está relatado.
—No hablemos de eso—exclamó la de Ribert con lágrimas en los ojos.—Distráigase usted, Magdalena, y no piense más en esa decepción que nos incumbe a todos, y a mí sobre todo...
—Por favor, déjeme usted toda la responsabilidad de lo que ha pasado—dije con voz poco segura.—Así como ignoraba lo que era una decepción, no sabía hasta donde podía ir la joven hipnotizada por el deseo de casarse... Ahora lo sé—añadí temblando ligeramente;—la cosa hace poco honor a la sociedad...
—La sociedad no tiene que ver con eso—dijo la abuela estudiándome con angustia;—todo depende del carácter particular.
—No siempre—respondí en tono más firme.—La lucha está emprendida de abajo a arriba en esta vieja sociedad alterada. Solamente en este combate por la vida, desgraciados los tímidos, desgraciados los débiles, desgraciados los concienzudos... Esos están vencidos de antemano...