—Vaya—respondió el cura,—usted exagera las cosas...

—¿No soy yo una vencida?...

—Sin embargo—replicó el cura mientras la abuela se enjugaba una lágrima,—no hay que ver las cosas tan negras... Podría usted ganar una enfermedad del estómago—añadió intentando una broma.

—Tengo ya tan malo el corazón...—murmuré apoyando la cabeza en el respaldo de la butaca.—Siento rencor por la sociedad entera.

—¿Por qué?—preguntó Genoveva.

—Una sociedad que hace tan poco para proteger a sus miembros más débiles es una sociedad a la que falta algo...

—Le faltan tantas cosas—suspiró el cura.

—Sí, pero sobre todo la presciencia de los peligros que hace correr a aquellos a quienes tiene la misión de guardar y no guarda... En el estado actual de nuestras costumbres, ¿qué puede hacer una joven que quiere casarse y no encuentra con quién?...

—Resignarse en el celibato—respondió la de Ribert.—No hay otra cosa.

—¿Y para la que no acepta la resignación?... Para esa no hay más que la rebelión—añadí convencida.—Las honradas faltarán al honor haciendo traición a quien puedan... Las otras caerán más bajo todavía... Es triste—continué,—pues si la sociedad no protege a sus individuos, se protegerán ellos mismos y volverá a empezar la lucha cuerpo a cuerpo, con la traición además...