El padre Tomás movió la cabeza, la abuela me miró con expresión de alarma y la de Ribert y Genoveva parecieron confusas.

—Es duro—añadí bajando los ojos,—ser engañada por la amistad y por lo que se cree ser el amor...

Nadie respondió.

Al cabo de un instante, el cura tosió, para aclararse la voz, y dijo:

—Por encima de la amistad que hace traición y del amor que desilusiona, hay, sin embargo, Magdalena, algo, o más bien, alguien que usted olvida...

Le miré con incertidumbre.

—Está Dios—continuó en un tono majestuoso que me conmovió;—Dios que castiga las traiciones y consuela a los engañados...

—Sí—respondí en un impulso de sinceridad.—Pero mi decepción está tan reciente que...

—¿Quiere usted una receta para curarla?

—¿Una receta?—pregunté sonriendo esta vez, con gran contento de la abuela.—Démela usted pronto, señor cura, pues bastante la necesito...