—No penar en lo que se sufre, sino en lo que sufren los demás... Esta es mi receta.

—Pero... es una receta de solteronas—exclamé.

—Por eso es de circunstancias...

—Sí—respondí valientemente.—Puesto que soy una solterona involuntaria, utilicemos las recetas de las solteronas... Resumamos, señor cura... Para hacer una solterona se toma una joven, se la desilusiona, se le hace traición...

—No siempre—protestó Genoveva.

—Y si no se le hace traición, se le acapara y se la ocupa de los demás y no de sí misma... Vive para los pobres, para los desgraciados y para los enfermos... Envejece... se acartona... se deseca...

—Y muere—dijo la de Ribert en tono trágico.

—Y va derecha al Cielo—añadió el cura,—escoltada por las lágrimas de todos los que ha aliviado y acogida por las sonrisas de los bienaventurados que la han precedido...

—Entonces, la solterona...—pregunté.

—Es una reina en el Cielo... cuando ha sido buena.