—No tiene ningún vicio—afirmó redondamente el notario.—Si fuese jugador, mujeriego o borracho, mi colega de Plany no me lo recomendaría tan eficazmente.

—Seguramente—apoyó la abuela muy satisfecha.

—¿Constituye, pues, una cualidad el no ser jugador, mujeriego, ni borracho?—pregunté.

—No, no, no digo eso; pero, en fin, así se tiene la seguridad de que no hay tacha.

—¿Tiene corazón?—pregunté sencillamente.

—¿Corazón?—dijo el notario sorprendido.—Creo que sí; todo el mundo posee en el pecho una víscera de ese nombre.

—¿Se le conocen sentimientos generosos?...

—Diablo, diablo... Eso no lo sé; lo supongo...

—¿Ha sido bueno con su familia?... ¿Es humano con sus obreros? ¿Se ocupa de ellos?...

—¿Cómo diantre quiere usted que yo lo sepa?