—¿Le gusta la música?... ¿Se interesa por la literatura?... ¿Sabe hablar?... ¿Es de los que tienen en la boca más que historias de caza o chismes de política?...

—¡Demonio!—exclamó el digno notario.—Esto no es una proposición de matrimonio; es un examen...

—Sí—respondí sonriendo;—es un examen. El matrimonio es cosa bastante seria para que desee no casarme solamente con una cara y una fábrica. Al lado de los hechos exteriores hay muchas cosas pequeñas que revelan a un hombre. Esas cosas pequeñas son las que yo quisiera conocer...

—Precisamente estoy encargado de solicitar el favor de una entrevista y...

—¡Oh! todavía no—respondí con espanto.—No estoy decidida a tomar en consideración este proyecto, pues no puedo admitir la posibilidad de confiar mi vida a un desconocido.

—Ya le conocerás y le amarás—dijo la abuela con fuego.

—No, abuela, no te hagas ilusiones—objeté moviendo la cabeza.—Entre algunas de mi generación y la generalidad de la tuya hay un mundo de distancia... Vosotras os casabais a ciegas y el amor venía después o no venía. Yo quiero saber con quién me caso. Quisiera conocer a ese elegido, escogerle entre todos y, sobre todo—añadí más bajo,—quisiera amarle antes de casarme, pues después... tendría miedo de que no ocurriera tal cosa...

—¡Dios mío! qué niñería en una cabeza de veinticinco años...—gimió la abuela.—¿Comprende usted, amigo, el estado de alma de estas jóvenes instruidas y razonadoras?

—Puede ser—dijo el notario ligeramente pensativo.—Magdalena tiene alguna razón.

—¿Verdad, caballero?—dije con confianza.—La abuela encuentra extraño que yo no manifieste gran simpatía por el matrimonio... Le aseguro a usted que preferiría mil veces permanecer soltera...