—Es sabido—respondió la abuela en tono seco poniéndose las manos en los oídos para no oír el resto.

—...Antes que hacer una boda como las que veo todos los días... No quiero arreglar un negocio, sino asegurar mi dicha.

—Bueno, pero, una entrevista...—propuso el notario.

—Sí—dije con amargura;—una entrevista en la que los dos estaremos tiesos y falsos iluminará enormemente mi juicio...

—En fin, di adónde vas a parar—exclamó la abuela violenta.—El uso quiere que las cosas se hagan así...

—El uso sí, abuela—respondí dulcemente,—pero la prudencia...

—¡La prudencia!... ¡Eres tú la que habla de prudencia!... No sabes lo que dices... En fin—dijo al señor Boulmet,—dejemos a esta razonadora reflexionar hasta el primero de noviembre. Hasta entonces, usted será tan bueno que tomará los informes complementarios, pues espero que Magdalena consentirá, por darme gusto, en aceptar esta entrevista... Sería una locura el rehusar tal situación...

—Sí—confirmé políticamente al notario,—la situación es tentadora, pero el hombre...

—¡Bah!—respondió bruscamente el notario levantándose para despedirse.—La situación vale lo que vale el hombre...

—Es cierto—confirmó la abuela con seguridad.—Ese caballero me es muy simpático.