—A mí no—respondí por lo bajo, mientras la abuela daba unos pasos para acompañar al notario llenándole de testimonios de agradecimiento.

En cuanto desapareció, la abuela se me acercó bruscamente.

—Y bien Magdalena—dijo con ternura,—reflexiona, te lo suplico... Piensa que puedes darme una gran alegría...

Apoyada en la abuela, que me tenía abrazada y bien apretada contra ella, prometí todo lo que ella quiso... Tengo, pues, seis días para descubrir si quiero o no ver al señor X...

¡Ah! llévese el diablo al señor X... y al notario con él... San José ha escuchado demasiado bien a la abuela...

28 de octubre.

La abuela afecta una expresión de absoluta seguridad. Celestina, que sospecha alguna cosa, me mira con lástima, y esta mañana llegó a decirme mientras la abuela estaba en misa:

—No tenga usted miedo, señorita; San Pablo va a sacarla del mal paso.

—¿Qué quieres decir?

—No estoy ciega—respondió mi vieja Celestina, y su cara tomó una expresión de astucia tan intensa, que tomé el partido de reír sin pedir otra explicación.