Estoy muy contrariada, y Celestina lo ve muy bien. Paso los días y las noches en las más serias reflexiones y no llego a decidir si quiero o no ver al señorito X...

Para complacer a la abuela, me siento muy capaz de decir sí, y aceptar la entrevista.

Para complacerme a mí misma, me siento igualmente capaz de gritar no, y no aceptar nada.

Cambio de opinión cada cinco minutos, lo que no es para llegar a una solución.

Los estudios que he hecho en estos últimos tiempos sobre las solteronas, unidos a la intervención del padre Tomás, me ilustran asombrosamente. Hasta ahora no lograba comprender por qué me era tan indiferente el matrimonio y, al ver el espanto de la abuela, llegaba a creerme un ser desequilibrado. Ahora estoy tranquila. Veo muy bien que esta indiferencia que yo tomaba por una cosa anormal y alarmante no es más que el resultado de la educación que he recibido y el fruto de una evolución que todo el mundo echa de ver.

No sé si esto es feminismo; pero, en todo caso, mis reivindicaciones son modestas. Quisiera solamente que la sociedad cambiase la manera de casar a las jóvenes y la hiciese más conforme con la educación que recibimos. Si se nos educa con cuidado, si se trata de aumentar el número de nuestras cualidades y de disminuir el de nuestros defectos, si se nos da una educación cuidada y una instrucción extensa, si se nos inicia en el culto de la belleza en todas sus formas, si, sobre todo, se nos forma una voluntad y un juicio personales, ¿es para arrojarnos sin más miramientos en los brazos del primer individuo que pasa?...

Evidentemente, hay en esto una flagrante contradicción.

Para aceptar un matrimonio de este género era necesario que nos preparase a él una educación especial, la de otro tiempo. Entonces se formaban generalmente «tipos flácidos,» como dice el presidente Roosevelt, de esos tipos propios para recibir cualquiera impresión. En cuanto se les presentaba un marido, las jóvenes de ese tipo le aceptaban con los ojos cerrados. El mundo, las conveniencias, la familia y la razón querían ese matrimonio, y era imposible resistir a tales argumentos.

Ahora se ha hecho una revolución.

Si hay todavía jóvenes del tipo «flácido,» las hay que han aprendido a bastarse a sí mismas y, por consecuencia, a pasarse sin el apoyo de un marido.