Esas jóvenes, lejos de ser figurantes, según la graciosa expresión del padre Tomás, se sienten capaces de ocupar en su hogar una categoría equivalente a la de su futuro marido. Sin pensar en destronarle y conservándole las señales exteriores del respeto conyugal más completo, quieren ser amigas, consejeras, confidentes, y no simples criadas solamente admitidas al honor de remendar los calcetines del señor o de presidir al buen orden de las comidas.

Los seres modernos que nos hemos vuelto, las personalidades perfectamente vivientes que se mueven en nosotras, no pueden ir con entusiasmo al matrimonio tal como le comprenden las costumbres provincianas estrechas y desconfiadas, malévolas, celosas y tiránicas.

Sería, pues, preciso tener la facultad de recibir en nuestra casa al joven con quien pudiéramos casarnos y llegar así por el conocimiento al amor. Pero esto está terminantemente prohibido. Recibir jóvenes en una casa donde hay muchachas sin hermanos, sería exponerse a perder la buena reputación y atraerse toda clase de molestias mezcladas con las más estúpidas observaciones.

Mi asunto, pues, es claro.

Si quiero complacer a la abuela, no tengo más recurso que el flechazo. Ver a un caballero, vislumbrarle tan sólo, y enamorarme de él; esto es lo que necesito...

¡Si yo pudiera sentir y razonar como Francisca y Petra no tendría dificultades!... Pero nunca, jamás podré ver un salvador en un marido.

¿Qué hacer?... ¿Negarme a la entrevista?... La verdad es que me dan buenas ganas...

31 de octubre.

Mucho la mujer varía,
Loco quien de ella se fía...

La sabiduría de las naciones habla en este momento por mi boca, sin que mi propia sabiduría la contradiga... Al contrario.