Encuentro tonto el ir así en contra de todo lo que siento; y sin embargo, por complacer a la abuela, primero, y por otro motivo después, acepto la entrevista... Me encojo de hombros por adelantado, pero lo hecho hecho está. Resignémonos a la aventura...
Esta mañana, en la Catedral, mientras esperaba mi vez para confesarme y estaba meditando sobre los proyectos de la abuela, preguntándome si debía confiarme o no a mi confesor, fui distraída de mis pensamientos por un murmullo molesto. Volví discretamente la cabeza para darme cuenta de lo que pasaba, y vi con terror que me había colocado justamente delante de las dos peores lenguas de Aiglemont, dos solteronas, naturalmente. Confieso que mi amor a las solteras se alía muy bien con un justo conocimiento de los defectos de algunas de ellas. Entre muchos ángeles hay algunas víboras. Estaban éstas aguzando sus aguijones a costa del señor cura, del vicario de semana, de cierta capilla mal arreglada, etc.
No presté al principio gran atención a lo que se decía tan cerca de mí y me contenté con experimentar una fuerte distracción representándome la fisonomía feliz de mis dos charlatanas. Sus ojos chispeaban ciertamente de malicia bajo los párpados devotamente bajos y la sonrisa de sus delgados labios debía de ser agria. No pude menos de volverme ligeramente para contemplar el delicioso cuadro que mis falsas santas ofrecían a las miradas del prójimo... Tan ocupadas estaban con sus chismes y tan expertas eran en disimularlos, que no vieron mi movimiento y pude impregnar los ojos a mi gusto en su exquisita hipocresía. Sus palabras me llegaban ahora distintamente:
—¿Quién se confiesa tan largamente?
—La de Bormel.
—Mucho tiene que decir... Mire usted... agita los pies... No parece que está muy a sus anchas...
—Lo creo... Si confiesa la mitad de lo que tiene de qué acusarse, tendrá para toda la mañana.
—¡Es posible!... Es verdad entonces lo que se dice...
—Vaya si es verdad.
—¿Está usted segura de que el capitán Clarmont?...