—Está todo el día metido en su casa...
Púseme en seguida de rodillas para no oír la continuación de la historia, que prometía ser picante aunque poco a propósito para castos oídos. Traté de reanudar el curso de pensamientos más serios, pero me fue imposible... Apenas me había vuelto a sentar el murmullo llegó a mí más fuerte.
Es el cuarto sombrero desde el mes de junio.
—¿De veras?
—Como usted lo oye, querida... Tiene una rosa, otro negro y otro encarnado... El que usted ve es el encarnado... Es indigno de una joven...
Alcé los ojos para contemplar a mi vez el famoso sombrero indigno, y me vi en la sombra de la capilla el perfil de Francisca Dumais debajo del sombrero incriminado. ¡Pobre Francisca! Era de ella de quien hablaban...
—Con dos mil pesos de dote es vergonzoso ponerse tan maja—siguió diciendo una de las solteronas en un devoto susurro.
—Sí—respondió la otra,—así es como se llega insensiblemente a la perdición... Esa chica de los Dumais tiene la simiente de las malas personas.
Hice un esfuerzo para no oír más y hasta tosí con furor. Las habladoras siguieron impertérritas.
—¿Qué le pasa a la chica de Gardier?... Hace un ruido... Es casi indecente...