Las enunciamos en el orden inverso de su importancia.
Consecuencias legales. La mujer fué considerada como esclava, primero; después, como sierva, y por último, como menor: todas las legislaciones de los pueblos civilizados se han modificado en favor suyo y con tendencia á igualarla; pero esa tendencia, más ó menos marcada, realizándose más lentamente ó con mayor rapidez, no es todavía un hecho en pueblo alguno, porque no hay uno solo en que la mujer y el hombre sean iguales ante la ley. Sin derechos políticos, mermados los civiles, incapacitada legalmente para las profesiones y para los cargos públicos, en el veto de la ley halla el reflejo de la opinión y un insuperable obstáculo á su actividad y razonable independencia. Proclamada legalmente su inferioridad intelectual, tenida, en parte, como menor, estas circunstancias no son atenuantes cuando delinque: el legislador, que la considera inferior para utilizar las ventajas sociales, la trata como igual al hombre para penarla, y aun en ciertos casos le exige responsabilidad mayor y la pena más severamente. La ley, que le cierra las puertas de los establecimientos del Estado, le abre las del lupanar; la ley, que no le permite publicar un libro sin permiso de su marido, no le exige el de su padre para entrar en la casa de prostitución legalmente autorizada.
Consecuencias físicas. La mujer, como trabajadora, no está ni aun al nivel de los obreros menos inteligentes y más débiles respecto al salario. Es tal su desprestigio y el desdén que inspira, que la misma obra, sin más que porque ella la hace, se paga menos que si la hiciera el hombre; cualquiera labor que realice, cualquier cargo que desempeñe, es siempre con rebaja en la retribución respecto á las personas del otro sexo que prestan igual servicio; y esto no es sólo un hecho, sino que parece un derecho, y cosa muy natural que un hombre gane más que una mujer.
Como tales hechos son generales y constantes; como las mujeres están incapacitadas para el ejercicio de las profesiones y oficios lucrativos; como los pocos trabajos á que pueden dedicarse están mal retribuídos, y peor si son desempeñados por ellas; como además no hallan trabajo, resulta que su situación económica es aflictiva; que no teniendo medios de subsistencia, no pueden tener independencia; que se casan de cualquier modo, se prostituyen ó se matan para ganar la vida, según una frase que parece carecer de sentido y le tiene bien terrible.
De las diez ó doce horas de trabajo continuo y sedentario, con el cual la mujer no gana para procurarse lo necesario fisiológico, resulta una vida que se pierde ó cuando menos se debilita por el exceso de fatiga y falta de alimentación. Es raro, muy raro, que pronto ó á la larga no enfermen las mujeres que viven de su trabajo, y más raro aún que tengan la robustez necesaria para que, si llegan á ser madres, no engendren una prole raquítica. Esos niños endebles y escrofulosos pueden serlo por muchas causas; pero una muy poderosa es que deben la existencia á madres que han trabajado mucho y comido poco, y con su sangre y su leche empobrecida dejan una prole cuya debilidad es el reflejo de su desdicha. La inmensa mayoría de las mujeres necesita trabajar para vivir; se halla sin trabajo ó tiene que aceptar los rudos, peor retribuídos y más mecánicos; siendo considerada cual máquina, débil; necesitando mucha fuerza para transmitir una parte á sus hijos como madre y como nodriza, y no teniendo esa fuerza, de su debilidad resulta la de la prole y una concausa poderosa para la degeneración de la raza.
La situación económica de la mujer, su falta de recursos propios, dan también otro resultado, los matrimonios prematuros, cuyas consecuencias físicas son deplorables. El hombre suele esperar, para casarse, á concluir su carrera, á tener un oficio ó modo de vivir, á quedar libre del servicio militar, etc., etc.: la mujer, que no tiene más carrera que la del matrimonio, lo celebra, por regla general, en cuanto halla con quién. Aunque sea muy joven, aunque sea una niña, aunque esté muy lejos de la plenitud de vida necesaria para transmitirla robusta, será madre de hijos endebles, y ella se debilitará ó perderá tal vez la salud. Esta consecuencia física del estado social de la mujer tiene mayor importancia de la que tal vez se supone.
Resultado en gran parte de la miseria y de la ignorancia es la prostitución, cuyas consecuencias físicas son envenenar las generaciones y degradar las razas, sin que basten á evitarlo las llamadas policía de costumbres y leyes de higiene. Habrá virus físico mientras haya cáncer moral, y cáncer moral en tanto que la masa de las mujeres sea tan pobre y tan ignorante, esté tan rebajada, tan abajo, en la escala social, que al menor tropiezo se halle en peligro inminente de caer en la prostitución.
Consecuencias intelectuales.—Pensadores, filántropos, hombres ilustrados y caritativos, amantes de la ciencia y de la humanidad, no comprenden cómo ésta no va más de prisa por las vías del progreso. Academias, cátedras, liceos, tribunas, escuelas, libros, revistas, ¡cuántos medios de difundir rápidamente la ciencia, que no obstante se comunica tan despacio! ¿Cuál será la causa? Muchas puede haber; pero una, y muy poderosa, es sin duda la ignorancia de la mujer, punto de apoyo para el error, obstáculo para la difusión de la verdad. El publicista la demuestra, cree demostrarla á todos, sin hacerse cargo de que las mujeres en general, ó no ven la demostración, ó no la comprenden, y que lo escrito llega á ellas muchas veces traducido por quien de propósito ó sin querer lo traduce mal.
Al calcular la suma de instrucción respecto á ciertas clases, no se tiene en cuenta que la mitad de las personas que pertenecen á ellas no son instruídas. La madre, la esposa, la hija, la hermana del hombre de ciencia, lejos de ayudarle á difundirla, es indiferente, se convierte en un obstáculo para que se difunda, ó se hace aliada de los que la combaten: esto tiene excepciones, y más en los pueblos más cultos, pero en los que lo son poco, es la regla. Aunque la posición social de la mujer es muy desventajosa, no deja de ejercer grande influencia respecto á la familia, en la que no propaga verdades que desconoce ó que tiene por errores. Además, la gestión económica de la casa es suya, y no es raro que auxilie pecuniariamente á los que combate su marido, y que para coadyuvar á difundir las ideas de éste no pueda hacer nunca economías. Si el antagonismo llega á convertirse en lucha, sucede muchas veces que el hombre se cansa y cede, y por lo que él llama paz contribuye pecuniariamente al poder de los que le hacen la guerra. Lejos de haber unidad de pensamiento en la familia respecto á muchas cosas esenciales, las mujeres, ó no le tienen, ó piensan de distinto modo que los hombres.
Si la mujer se halla sola, viuda ó soltera, y tiene bienes de fortuna, todavía está en peor situación y más expuesta á ser instrumento de error, con su riqueza y su ignorancia. Bajo pretexto de guiarla, no faltará quien la extravíe y se cobre bien el trabajo de persuadirla de que va por el camino mejor. Como si la mujer no es apta para adquirir lo es para heredar, la herencia, en las clases acomodadas, pone á su disposición capitales considerables, que en parte, en mucha parte, se emplean contra la verdad. Cuando falta armonía entre los medios materiales é intelectuales, resulta siempre daño: el obrero se embriaga y se corrompe; la mujer es explotada en provecho del error, y esclava de él, se cree libre porque tiene doradas las cadenas.