DE LA IGUALDAD Y DE LA LIBERTAD.

Claro está que, al tratar de las relaciones de la igualdad con la libertad, se habla de la política; pero ¿constituye la libertad una situación perfectamente definida, y la palabra que la expresa significa una cosa idéntica para todos los que la pronuncian? Parécenos que no. Al decir la libertad de Esparta, de Atenas, de Roma, de las Repúblicas italianas, de Inglaterra, de los Estados Unidos, de Francia, de España, de Italia, de Portugal, ¿no se significan con una misma palabra cosas muy diferentes? La libertad existe con la esclavitud, con el privilegio, con la privación de derechos políticos de la gran mayoría de la nación dominada por la aristocracia, y con la participación de la clase media ó del pueblo todo en el gobierno y poder legislativo. Pueblos constituídos de modos diferentes y aun opuestos, se dice que son ó han sido libres, y Bruto que mata á César en nombre de la libertad, se parecía muy poco á los regicidas modernos que la invocan.

Si la libertad significa cosas tan diferentes según los tiempos y lugares, ¿no tendrá siempre y donde quiera algún elemento común, algo que la hace amable para sus partidarios, santa para sus mártires? Como, á través de tantas diferencias, las religiones tienen de común la idea de Dios, de un poder grande, eterno y justo, ¿no habrá también en la libertad una idea elevada y permanente que inspira al ciudadano de Atenas, de Roma, de Madrid y de Londres? A nuestro parecer este factor común existe, y es la idea de ley; aquella dignidad que da al hombre obedecerla y cumplirla como expresión de la justicia, en vez de humillarse ante la voluntad de un déspota ó de un tirano. Esta ley varía según el estado moral é intelectual del pueblo que rige; sus beneficios comprenden á unos pocos, á muchos, á todos, y es la libertad aristocrática, burguesa ó democrática; pero es ley siempre, y por eso los pueblos le dan el mismo nombre y, si no están degradados, la saludan con respeto.

La ley es regla de justicia, tal como la comprende el legislador ó como la cree practicable; puede equivocarse de dos modos: ó desconociendo la justicia en principio, ó la situación del pueblo donde quiere realizarla. Cualquiera que sea la esfera de acción de la libertad, no se sustrae á las condiciones de toda regla de justicia; puede ser mal comprendida y mal aplicada.

La justicia no se conoce como una verdad matemática ó física; no se hace su descubrimiento en un día para siempre, sino que poco á poco se va comprendiendo y á medida que se practica; por eso la libertad puede ser privilegio ó licencia, equitativa ó injusta, verdadera ó quimérica, elemento de bienestar ó de ruina, según que se armonice ó no con la justicia y las condiciones de inteligencia y moralidad del pueblo que la invoca.

De aquí se infiere que la libertad no puede sustraerse á la influencia del progreso, que se perfecciona á medida de él, y que el pueblo más libre será el pueblo más adelantado. Muchos hechos pasados y presentes podrán citarse tal vez para contradecir lo dicho; pero la contradicción será aparente y fundada en no definir bien el progreso, que es perfección moral y material, ni la libertad, que es ley equitativa y armónica con esta perfección en el pueblo que rige.

Acaso se citen las hordas salvajes cuyos individuos son libres, ó á Mme. Staël que ha dicho: la libertad es antigua y el despotismo moderno; si hubiese exactitud en la frase, no la habría en la afirmación de que el hombre progresa.

El salvaje es esclavo de las leyes físicas y de las necesidades materiales: el hambre, la sed, el frío, el calor, son los dueños y señores de su existencia, empleada en luchar con animales feroces ó con hombres que le disputan la comida y el albergue. Esta esclavitud es tan grande, tan continua, tan general y tan fatal, que se hace exclusiva de ninguna otra; ¿qué medios tiene el tirano, ni qué atractivos la tiranía ó el despotismo, en un pueblo que el hambre dispersa de día y el cansancio reune de noche? Las leyes físicas y fisiológicas son las únicas que imperan allí, y llamar libertad á la servidumbre que imponen, es hablar con bien poca exactitud. Si se dice que el salvaje no es esclavo de su compañero de horda, se dice bien; si se afirma que es un hombre libre, no, y basta para convencerse tener idea de lo que es libertad.

Entendemos por libertad el ejercicio armónico de las relaciones de los hombres que componen un pueblo, condicionadas por la ley que concurren á formar directa ó indirectamente.

La definición podrá no ser buena, se darán otra ú otras mejores; pero en ninguna cabrá la situación del salvaje, independiente, no libre, y cuya independencia no puede confundirse con la libertad, porque no es una armonía establecida por el derecho, sino una negación que resulta del aislamiento. Así como la igualdad en el estado salvaje es la miseria y la ignorancia de todos, la libertad es el poder que tiene cada uno de utilizar sus fuerzas físicas para buscar sustento y defenderse de cualquiera agresión ó vengarla. El abuso de la fuerza (en el escaso número de relaciones sociales del salvaje) está contenido, no por la idea del derecho, sino por otra fuerza, y cuando ésta no existe, lejos de haber libertad hay opresión; la mujer se esclaviza y el prisionero se inmola.