Más adelante se perdona la vida á los vencidos, que pierden la libertad, y se establecen esclavitudes y servidumbres de distintos grados y formas que, variando y adaptándose al medio social que los rodea, se sostienen en medio de imperios y repúblicas que se derrumban y parecen haber hallado el secreto de la inmortalidad. La ruda Esparta, la culta Atenas, Roma la maestra del derecho, los independientes hijos de los bosques de la Germania y de la Galia, ungidos por el sacerdote cristiano, todos tienen esclavos y siervos, y los humillan, oprimen y explotan.

Eso que se llama libertad antigua es la de unos pocos hombres libres en medio de muchedumbres esclavas ó siervas, tan abrumadas á veces y tan envilecidas, que carecen de aptitud para emanciparse, se petrifican en inmovilidad desesperada, ó se agitan en orgías políticas, cayendo embriagadas á los pies del tirano común. El árbol se conoce por sus frutos, y no lo han sido de bendición los de la libertad de las repúblicas antiguas, ni podían serlo, porque los hombres libres que tienen esclavos, ó los emancipan ó se corrompen, y la corrupción mata la libertad. Esta no marcha ordenada y paralelamente con la servidumbre, no pueden armonizarse, una de los dos destruirá á la otra ó será destruída.

Y ¿cuáles son las relaciones de la igualdad con la libertad? ¿Se favorecen? ¿Se perjudican? ¿El nivel se convierte fácilmente en yugo, ó basta que los hombres sean iguales para que sean libres?

Deben notarse las analogías que existen entre la marcha de la igualdad y la de la libertad. De la igualdad salvaje hay que pasar por la desigualdad de la barbarie y de la civilización imperfecta, hasta llegar á la igualdad de los pueblos cultos y prósperos; de la independencia salvaje hay que pasar por dependencias, servidumbres y esclavitudes en que no existe ó es un privilegio la libertad, que sólo puede constituir el patrimonio de todos, en los pueblos más avanzados.

Para saber cuáles son las relaciones de la igualdad con la libertad, y si mutuamente se favorecen ó se combaten, hay que determinar bien la condición de entrambas.

La igualdad en la ignorancia, en la miseria, en el envilecimiento, no es auxiliar, sino enemiga de la libertad, y en el pueblo en que este deplorable nivel exista, si algunos se elevan sobre él y aspiran á ser libres y lo consiguen, su privilegio será un progreso, un bien, y esta libertad aristocrática preferible á la servidumbre de todos sin más norma que la voluntad del tirano. Hemos dicho ya que la idea de libertad lleva consigo la de ley, y preferible es que algunos vivan á su amparo á que todos estén fuera de ella. Más vale que la libertad sea un privilegio como en Esparta, en Atenas, en Roma y en muchos pueblos cristianos hasta estos últimos tiempos, que el despotismo sin límites de Oriente.

Si es preferible que la libertad exista como privilegio á que no exista, es seguro que en esta condición excepcional no puede vivir mucho tiempo; tiene que ensanchar cada vez más la esfera de sus beneficios; que admitir en sus filas á los que han nacido en su seno; que alimentar en él á los que combaten muchos de sus principios, y transformarlos; que transmitir en derredor la luz de su inteligencia y la dignidad de su nobleza; que extender la honra para poner límites á la ignominia y, en fin, que llevar en sus entrañas un germen poderoso de amor á la humanidad para poder un día fraternizar con el pueblo. Cuando estas condiciones faltan, la libertad que no puede comunicarse y extenderse muere á manos del populacho, de una oligarquía ó de un tirano.

Si la igualdad en la miseria, la ignorancia y la ignominia no puede ser favorable á la libertad, también son incompatibles con ella las grandes diferencias esenciales y permanentes que constituyen la efímera libertad privilegiada. La libertad que echa raíces es la que se extiende, la que en armonía con la igualdad, que consiste en elevar á los de abajo, no en deprimir á los de arriba, es progresiva y cuenta cada día mayor número de hombres libres, es decir, de hombres verdaderamente iguales ante la ley, que la comprenden, que la respetan y que contribuyen á formarla.

Decimos verdaderamente, porque hay muchas igualdades que, por más que se consignan en los códigos, no son verdad: tal es la igualdad política que da voto al que no tiene opinión ó no puede expresarla libremente; tal la igualdad social que admite á redimirse del servicio militar á los que, viviendo en la miseria ó en la pobreza, es de todo punto imposible que se rediman; estos llamados derechos no son favorables á la libertad, que no puede tener por aliada sino la igualdad verdadera y digna, no la que alucina con ficciones ó degrada en la ignominia común.

La igualdad racional y posible no nivela las fortunas, pero tiende á disminuir el número de los opulentos y de los miserables, y en consecuencia los vicios, favoreciendo la libertad, porque el gran aliado del despotismo es la corrupción.