—¿Y era también—inquiere la curiosa—un buen amigo de tu madre?

Enrojece Carlos. Sus doradas pupilas se hunden en el bosque, como en persecución de algún secreto.

—Sí, porque había sorprendido toda la tragedia de nuestra casa. Durante muchos años Manuel casi vivía con nosotros. Su admiración á la ciencia de mi padre, sus aficiones al estudio y al trabajo, han sido poderosas para retener esa juventud varonil dentro de las terribles salas donde se han fraguado muchas tempestades de nuestro hogar... Manuel Velasco y mi madre simpatizaban mucho.

—¿Y dices que se despidió de él?

—Lo supongo. Tengo tan presentes todos los pormenores de aquel día, que nada olvido en esta crónica triste de mi corazón...

«Mamá salió del laboratorio más blanca que la nieve; en el dintel, Velasco parecía un espectro; tan pálido y fúnebre le vi. Ocultándonos de mi hermana marchamos en busca del coche y acompañé á mi madre hasta la salida de Torremar. Cuando ella mandó detener el carruaje para que yo bajara, sentí de pronto el miedo agudo de la irreparable separación. Y aunque ambos dijimos «hasta luego», quedéme temblando como una hoja en mitad del camino.

Allí, en el borde de la carretera, frente al mar, busqué el apoyo de un arbusto. Me pesaban en los párpados los últimos besos de mi madre, con dulzura nueva y solemne. La viajera, alejándose, alzaba su pañuelo entre las cortinas del coche para decirme:—Adiós... Adiós... Pero sentí un cansancio horrible, como si hubiera recorrido medio mundo; y en aquella postración profunda no pude contestar... La noche ensombrecía ya la costa, y los encendidos ojos del carruaje me miraban, me miraban de lejos con tal fijeza y dolor, que tuve impulsos de correr para apagarlos, para preguntarles por qué me perseguían con lívidos resplandores de fatalidad, en una noche tan hermosa, á orilla del mar azul... El traje claro de mi madre blanqueaba fugitivo, cada vez más distante, y aún me pareció distinguir las oscilaciones de una mano que decía siempre:—¡Adiós!...»

De nuevo Carlos Ramírez detiene su relato en un nudo de palabras deshechas. Y también Regina, implacable, perentoria, repite:

—¿Y después? Anda, hombre, ya falta poco.

—Falta mucho... ¡Mi madre no volvió!...