—¡Ah!—se le ocurre á la niña por todo consuelo. Y al cabo de una meditación audaz y silenciosa, pregunta:

—¿No sabrá de ella Manuel Velasco?

—Manuel sabe—dice el mozo con altivez—que mi madre es buena. Y dolido, pávido, interroga:

—¿Lo dudas tú?... ¿Admites las calumnias que de ella se dicen en Torremar?

Hay una inflexión ingenua y dulce en la voz que tranquiliza:

—¿Dudar yo de la virtud de tu madre? No, Carlos no... Escucha. Voy á ser muy franca contigo, únicamente contigo, muchacho; ideas de este calibre no las debe decir una moza casadera.

Y muy celosa, recatándose hasta de los robles y de los helechos, de los pájaros y de los grillos, secretea la de Alcántara:

—Yo juzgo que siempre, en todos los casos de la vida, es lícito y... «bueno» huir de un hombre odioso para querer á un hombre amable.

—¿Qué sospechas?

—¡Nada! Aseguro que Carlota, hoy ausente y libre es á mis ojos tan interesante y digna como lo fué esclava en el Robledo.