—Gracias, gracias—murmura Carlos devoto,—tú haces por ella más que Manuel y su madre, más que don Amador... La crees en pecado y la perdonas.

—Si es que no califico de pecado... «eso» que tú supones...

Posa el mozo todo el sol de sus pupilas en los ojos negros de la mujer, y turbándose profundamente, oye la consulta:

—Apela á tu propio corazón; dime la verdad: ¿la crees tú mala aunque la juzgues culpable del delito de amar?

Obstinado, confuso, él repite:

—Mi madre es buena.

—Puede ser un ángel y estar enamorada.

—¿De quién?... Se marchó sola. Cansada de sufrir, no tuvo valor para aguardar meses y meses, tal vez años, una sentencia oficial que rompiera su cautiverio. Los trámites judiciales le causaron repugnancia y bochorno. Así nos lo dijo en una triste carta de despedida... Sabe que para ir en su busca abandonaríamos á nuestro padre, y ella lo quiere evitar con el secreto de su retiro. Se alejó pobremente, con sus pequeños ahorros y sus joyas... ¡Oh, madre mía!... ¡Es buena, es buena! Los que la conocen bien, están seguros de ello.

—¿Lo has preguntado tú?

—Nunca. Es la primera vez que remuevo con la palabra estos pesares míos; pero sé que la infeliz ausente tiene en Torremar tres defensores: Manuel, su madre y don Amador.