—¡Regina!
—Y yo, la más entusiasta, según tú dices.
—¡Vas tan lejos en tu bondad!
—En mi libertinaje.
—¡Por Dios!...
—Sí, Carlos. A la libertad del corazón y de los afectos, le llama libertinaje medio mundo.
—¿Aunque sólo el espíritu se liberte?—averigua el joven con zozobra.
—¡Aun así!—quéjase la voz musical, con acento de rebeldía.
—Leyes serán del mundo, no del cielo... Mi madre, hermosa y pura, muchos años martirizada, ¿no puede sacudir sus cadenas y disponer, á lo menos, de su corazón?... Si eso fuese un delito, yo la absuelvo y la perdono.