—Y en un caso de libertad... «absoluta», ¿te mostrarías inflexible con esa mujer, sólo porque es tu madre?

Certera, desconcertadora, la interrogación da en medio de las inquietudes de Carlos, que se defiende dudoso, tímido:

—Siento necesidad de creer en su virtud; su vida de sacrificios y abnegaciones no me deja derecho á dudas... ¡Ha sufrido tanto!... ¡Fué tan ruinmente atormentada!...

Como fruto de lentas consultas á la conciencia y al sentimiento, repite el mozo unas palabras muy dulces, que de fijo Regina las conoce:

«—No se debe golpear á una mujer, ni siquiera con una flor...»

—Aunque la mujer sea mala; pero si es buena, si vale tanto como la madre tuya... ¡Carlos, duendecillo de mis sueños de niña, no seas cobarde en tus perdones!...

Roto un troquel de timideces y de nieblas al conjuro de la voz tentadora, Carlos Ramírez se alza anhelante, hermoso en su ingenua solemnidad:

—Sí, sí. «En todos los casos», yo perdono á mi madre, y creo que merece ser libre y ser dichosa.

Con brusco transporte, ardiente en sus ojos una lumbre de afanes juveniles, el muchacho exclama:

—Escucha, Reina... Tú eres la mujer de mi vida... ¡Te quiero, te quiero!...