Y ella, en repentino abandono de la sensible narración, sonríe con los labios abiertos al placer, ufanándose en la golosina de una lisonja nueva. ¡Un niño gentil, que le dice amores entre lágrimas, con la voz caliente de ternura!... La sombra de los ojos á la moza se le inflama de luz.
—Carlitos, mi caballero—gorjea en triunfo,—me da mucha risa que me quieras tanto.
—No te burles; este es un amor de verdad; amor de hombre. Y ya nunca, ¿sabes?, nunca podré amar á otra mujer.
—Así dicen, y hasta creen, todos los pretendientes enamorados.
—Yo no soy «como todos». Yo te quiero desde que supe de ti. Cuando tú subías con Daniel á contarnos cuentos en la casuca, ya te quise. Después he soñado mucho con tu belleza, con tu donaire, con el misterio de tus ojos, con el encanto de tu palabra, con los dolores de tu corazón... Desde que volviste te elegí por confidente única de mis penas. Adiviné que me ibas á consolar, que la ibas á defender... Y ahora, ¡siento por ti una devoción, una gratitud!... ¡Quiéreme un poco, Reina, por caridad!
Trocó Regina en lástima su regocijo ante el discurso ferviente, preñado de anhelos y tristezas. Algo profundo y grande se estremeció en el pecho de la veleidosa, creyendo que el nombre de Daniel había temblado como una lágrima en el semblante deprecativo de aquella pasión tan dulce y tan humilde. Pero lucha contra la flaqueza del enternecimiento; quiere reir; hace una breve mueca de fastidio, y quédase absorta, con los ojos húmedos y la risa en quebranto.
Una voz perlada y juvenil punza el silencio, desde el fondo del bosque, y aparece donosa una dama, bajo el ramaje inmóvil.—¿Dónde estáis?—viene preguntando.
Regina, como en la insensatez de un delirio, murmura:
—¡Carlota!
Y el mozo vuelve la cara con estupor, á punto de gritar:—¡Madre!