Pero es Ana María la que llega, la que averigua con celo y cariño:
—¿Qué os sucede?
—Nada...
—Nada...
—Parecéis disgustados.
Niegan ellos: el calor y el palique les detuvo allí, gustosos de la frescura de los árboles, entretenidos en las memorias de la infancia.
La niña del Robledo interrumpe aquellas explicaciones con dulce enojo. Teda la tarde les aguardó impaciente, y hace más de una hora que les busca en el jardín y en la arboleda...
Está allí Velasco, que quiere saludar á Regina.
—¿Dónde?—interroga la de Alcántara, poniéndose de pie con visible azoramiento. Sacude su vestido y alisa sobre la frente la sérica mata rubia.
Aquella ráfaga de inquietud invade á la novia, que manifiesta un leve susto cuando dice: