—Venía detrás de mí.
Crujen las ramas menudas al firme paso del doncel, y se le recibe con rara expectación, como si fuese extraño que llegara una persona á quien se espera. Él avanza sonriente, despreocupado y festivo; pero ante la actitud cortada de los otros, siéntese algo confuso y saluda á Regina con etiqueta más cortés que afectuosa.
Resbalan desde un tallo hasta el suelo dos flores pálidas que Adolfo y Carlos quieren levantar. La dama rubia pone sobre ellas su bota elegante:
—No sirven para nada...—prorrumpe.
Los cuatro mozos, presa de inexplicable desazón, pasean lentamente, hablan y sonríen con esfuerzo. Regina dice que es la hora de volverse á su casa, y niégase á seguir hasta la de sus amigos, pretextando que aún está lejos y se hará de noche antes que ella baje á Torremar.
—Te acompañaré—asegura Carlos.
Y Adolfo, muy galante, advierte:
—Yo también bajo ahora y estoy á sus órdenes. La llevaré hasta su casa con mucho gusto.
En rápido asentimiento acoge Regina esta última oferta.
—Sí, es verdad—dice—; de ese modo no dejaremos sola á Ana María.