oye mi plegaria:
enciende en los cielos
tu luna de plata;
desata la voz de los vientos;
que corran veloces las aguas;
la secreta escala,
y haz que venga á mis brazos la dulce
prenda de mis ansias...
—¡Qué precioso!—murmura la moza. Regina, que despacito y sin objeto entró en la estancia está allí escuchando, presa del hastío que á veces la sobrecoge en medio de su inútil actividad.