—Dame eso—dice á Marta, con el brazo extendido hacia el papel.
En cuanto la muchacha, confusa y diligente, la complace, sube la señorita, y se repliega en el sofá de su breve salón, donde ya se ha encogido escalofriada y temblorosa, en varias crisis de estéril cansancio, desde que salió Adolfo. Apenas si dirige una mirada á los versos de su padre, que tiene en la mano. ¿Para quién serían?
Esto es lo único que se le ocurre en aquel instante en que la musa paternal roza su oído, al través del tiempo.
—¿Para quién serían?—repite.—Y vuelve los ojos hacia el retrato del poeta, que desde el muro responde á la curiosidad con una sonrisa enigmática.
—Para mi madre, no—prorrumpe la monologuista con despecho, iniciando una protesta de mujer casada contra el libertinaje de los maridos. Mas, á poco, sonríe con desdén y con mofa: ¿Qué valor, qué virtud tiene en el mundo la fidelidad?... Sólo quien ama es fiel. Y, ¿hay quien ame, en el sentido espiritual y elevado de la palabra?... Regina lo duda. Aquel escepticismo tiene aire y forma en el desquiciado camarín de los novios; allí dentro de las vidrieras cerradas, alrededor de los muebles en desorden, un precioso ramo de camelias está en la alfombra marchito, y la Venus que decora la estancia, cubre su hermosura con un chal de Regina, mientras que Jaime, desde el retrato, riela en torno una sonrisa de muerto, y su esposa hunde en la pared de enfrente la cansada expresión, desde otra pálida fotografía. Este incrédulo matiz plañe con el sordo grito de las cosas:—Como no se cree en el alma de las flores, no se aguarda á que agonicen en un vaso piadoso; como no se cree en la belleza de la escultura, ofende su desnudez con sensación de frío; por desprecio á la estética, los muebles danzan, desorientados y hostiles; porque se duda del cielo, los difuntos se asoman á sus imágenes para sonreir con inquietud, para mirar con angustia...
Y el colmo de la incredulidad pone su trágica nota en la palidez caliente de la desposada, que no cree en el amor, y que suspira viendo morir sus postreras ilusiones en la misma aurora del tálamo...
Aún tiene la dama los versos á su alcance, y aún dice maquinalmente:—¿Para quién serían?
Busca en la composición algún indicio, con ese falso interés de los ociosos que tratan de engañar su aburrimiento:
...dejando una pena, dejando un vacío;
y un sabor de ceniza en el alma...