—¡Miente, miente mi padre!—prorrumpe con ímpetu, casi con crueldad:—«El vacío, la pena, la amargura», quedan en el alma después de ese goce bárbaro que tiene el dulce nombre de amor... Ya nada me promete la vida, porque ya conozco todos los amores del mundo... ¡Mienten los poetas!—grita iracunda.
Pero su voz es apagada por otra, sentimental y varonil, que sube por la escalera, cantando:
«Si la cortan que la corten,
á mí lo mismo me da...
La flor del romero
la van á cortar...»
Y al asomarse Adolfo al saloncito, con la sonrisa y el cantar en los labios, quédase mudo ante la actitud de su esposa, que no ha hecho nada y tiene un aire de cansancio triste.
Ella le ve tan perplejo, que se compone el rostro con una mueca gentil, y dice, á guisa de explicación:
—La Venus y yo, tenemos frío...
—¡Es singular!—piensa él, hallando mucha semejanza entre la mujer y la escultura: el mismo semblante helado, igual sonrisa yerta, y un aire impasible, una quietud inerte dentro del chal obscuro...