¡Reina, dame un beso,
de esos besos largos que nunca se acaban!
Al extinguirse el acento, ligeramente conmovido, el lector se vuelve insinuante hacia su mujer, y sonríe:
—Parecen de actualidad.
Estalla en los labios de ella una risa loca.
—Ya sé, ya sé para quién fueron—alude—. No se me había ocurrido: ¡Para Silvia!
—¿Quién era Silvia?
—Una «reina» del boulevard, íntima de mi padre.
Y sigue riendo la dama, nerviosa hasta el punto de romper en sollozos.
Supone el marido que la emoción de los recuerdos sugiere aquella crisis de risas y llantos, y acude hacia el sofá con tan amable impulso, que Regina presiente la repetición de la estrofa: ¡Reina, dame un beso!... y prorrumpe amarga, casi violenta: