—No heredo yo la «sed de amores del alma» que mi padre sentía.

Adolfo retrocede. El también tiene frío. Un frío penetrante que le taladra el corazón.

IV

luces de ocaso.—los achaques de regina.—tinieblas de un naufragio moral.—la isla de las rosas pálidas.

No sin grande asombro advirtió doña Mercedes que la niña del Robledo se consolaba del fracaso de su boda con excesiva prontitud. En la indiferencia de la muchacha al afrontar la conversación sobre este suceso; en el modo digno y prudente con que aludía á la pesadumbre de Carlos sin mentar la propia, adivinó la dama un altivo sentimiento, mezcla de piedad y desdén, que la llegó á herir. ¿No merecía Adolfo siquiera ni el tributo de una lágrima?

Olvidando un instante el dulce cariño de Ana María, irguióse en el pecho clemente de la señora el orgullo maternal. Repitió aquella pregunta delante del primogénito, y entonces Manuel, con viva elocuencia, refirióle á su madre la peregrina historia; analizó, á fuer de agudo psicólogo, los sentimientos de la muchacha; expuso claramente cómo en su inexperto corazón había ella confundido el afecto fraternal, la antigua simpatía que Adolfo le inspiraba, con la fuerza latente de otro amor más hondo y entrañable, y, sin más rodeos, añadió que había jurado hacer feliz á la hija de Carlota.

—Ya lo sabe ella—dijo por fin.

—¿Ella? ¿Quién es ella?—inquirió la viuda estupefacta.

—¡Ella!—repitió Velasco también. Y con la voz un poco temblorosa corroboró al punto: