—Ella es la madre... pero yo he renovado á la hija mi juramento.

Fué menester que se explicara con más claridad para que doña Mercedes le comprendiera; y así que la dama hubo entendido cuanto Manuel se proponía, quedó absorta, contemplando á su hijo con ternura y admiración. Apareciósele en aquel momento como un ser providencial, como una especie de caballero andante que tenía la noble misión de traer al Robledo auras de libertad para la Bella durmiente, anuncios de castigo para el Ogro y certidumbres de ventura para el Hada gentil. Y para que todo fuese milagroso y sublime, el amor de Ana María se revelaba de súbito, como un premio de Dios á su elegido.

Arrobada y gozosa, doña Mercedes sintió, sin embargo, un ligero escozor en la conciencia, al comprender que con la nueva alianza se excluía en absoluto á la pobre ausente de todo pacto posible con la felicidad. Pero una idea luminosa hizo sonreir á la señora de Velasco.—«Ella es la madre»—, pensó, repitiendo mentalmente unas palabras que se le habían quedado en la memoria, clavadas allí por la fuerza de un agudo sentimiento. Y se puso á escribirle una carta á su amiga Carlota, insinuando, entre muchas confidencias maternales, exhortos blandos y tímidos sobre amores y deberes: indicaba, con prudentes alusiones, que la felicidad de los hijos, por buenos que ellos sean, se cumple casi siempre á costa del sacrificio de los padres, y concluía en términos de muy delicada sinceridad... El resplandor de una vida feliz puso en aquel pliego luces alegres de ocaso: á la anciana señora le parecía fácil y sabroso que una madre abdicara en sus hijos las más íntimas ilusiones, y la tremante pluma instiló en el papel toda la suavidad de un corazón envejecido entre caricias y dulzuras; apacible corazón que nunca supo la tormenta espantosa de aquel otro á quien consultaba, joven y pujante, constreñido entre un pasado de angustias y el secreto de un trágico presente.

Carlota hizo su renuncia tácita y plena al porvenir con grave sencillez:—«Si antes daba con gozo mi hija á un niño bueno, ¿cómo no dársela con gratitud al mejor hombre del mundo?»—Así escribió. Y los rasgos de su letra, fina y elegante, no se estremecieron con el vendaval que en el pecho de la mujer soplaba, deshojando la abierta rosa de la juventud hasta dejar el tronco, perenne y vivo, de espinas erizado...

Grande júbilo sintió doña Mercedes con esta carta, y viendo disiparse las dóciles nubes de su cielo, puso mayor diligencia en las negociaciones de paz iniciadas con Adolfo poco después de su boda. La costumbre de ser feliz no daba espacio en la dama al rigor de la madre; érale menester que volviese pronto al hogar el hijo pródigo, y para lograrlo impuso la sola condición de no admitir á la intrusa, á la gentil diablesa que con sutiles artificios arrebató al caro Benjamín de la amistad y compañía de sus deudos.

Manuel sirvió de parlamentario, muy complacido; pero Velasquín, lleno de gratitud hacia quienes le tendían aquel grato puente de reconciliación, temió ofender á Regina excluyéndola en absoluto de las futuras paces. Decidióse al fin á explorar el ánimo de su esposa, con mucha delicadeza, y no sin asombro le halló conforme á cuanto doña Mercedes exigía.

Así volvieron á su acostumbrada intimidad los de Velasco. Adolfo concurría á la casa de su madre, sin mentar nunca á su mujer, y los dos hermanos, cazando juntos, departiendo de intereses y negocios, procuraban no aludir en sus conversaciones á los de Ramírez, apartados siempre en su esquivo robledal. Sobre los secretos dolores del hogar amigo derramaba la piadosa vejez de doña Mercedes la luz de su sonrisa inextinguible, dulce puesta de sol, dorada lumbre de crepúsculo en un campo de tragedias silenciosas.

Pasaba mientras el tiempo sin que Velasquín pudiese emprender con Regina el proyectado viaje. Cayó la esposa en languidez extraña y profunda; atribuyendo Adolfo á trastornos de salud aquellas inquietudes y endebleces, llamó á don Fermín, y éste dió, por casualidad, un dictamen conforme á la opinión del marido: impresiones violentas, luchas y anhelos del presente, venían sobre las amarguras de lo pasado á determinar una perturbación nerviosa, reflejo, tal vez, de otras ya padecidas. Y el achaque ofició de piadoso velo para que Velasquín no advirtiera las sombras de un corazón que juzgaba suyo. Eugenia dijo que ya en dos ocasiones había caído su niña febril y delirante, con «mal cansado», como si estuviese hechizada; pero, el médico, sonriente, aseguró que las dolencias de señoritas mimosas se curaban siempre al año del casorio, cuando el amor florecía...

Después que Adolfo erró en sus emociones de recién casado, como en selva tenebrosa, una paz algo triste, pero confortable, descendió á su espíritu optimista; amoroso y creyente, halló razón de sus crueles sorpresas en el repentino quebranto de salud que le entregaba para la intimidad una mujer distinta á la novia que le sedujo; esforzábase él en cumplir las prescripciones del doctor, suponiendo que al sanar la esposa hallaría de nuevo á la vehemente enamorada, acaso convertida en madre para mayor ventura. Y ella se dejó asistir, felicitándose de aquel pretexto que la permitía sumirse en sus fracasos definitivos, sin malograr las ilusiones del esposo. Le vió tranquilizarse, después de las primeras alarmas, y se esforzó entonces en sostener la felicidad de Adolfo con un débil conato de misericordia.

En la total quiebra de ambiciones y propósitos, la dama rubia no salvó más que los indicios de sus energías: el tenue hervor de la conciencia sólo alcanzaba á producir burbujas fugaces de contradictorios sentimientos en la helada superficie de aquella perezosa voluntad; el hilo de la compasión, casi roto, ataba flojamente el recuerdo de Carlos Ramírez, y entonces, una ola indecisa de carmín sonrojaba el rostro de la coqueta, que con villanos manejos aprisionó al enamorado mozo; si la pobre fibra de la gratitud palpitaba un instante por Velasco, juguete de la ambiciosa, las náuseas del tedio entorpecían aquel graciable instinto, y apenas si un impulso de bondad y un hábito de educación lograban contener en la boca de Regina frases ó gestos crueles contra Adolfo; y si amables visiones de la infancia hacían temblar en aquellos labios el nombre de Ana María, el amor propio y la soberbia alzaban contra el generoso remordimiento su aguijón cobarde y fino, como punta de alfiler. En aquel naufragio moral quizá pugnasen, con un poco de ansia, el orgullo y la codicia, para salir á flote: la certeza de haber triunfado sobre otra mujer de rumbo y donaire, era asomo de ilusión que sobrenadaba en el grave hundimiento de muchas ilusiones, y la esperanza de asirse todavía á la felicidad, por algún cabo suelto del destino, trepidaba con barruntos de fe en el roto cordaje de la ambición.