Pero era tan sorda y tímida la lucha de aquel ser tundido por las decepciones más violentas, que la ruin marejada no rompía el hielo de la indolente postura que Regina tomó en su nuevo estado.
Al conseguir sus propósitos, con burla del sufragio popular, y sobre la oposición de una familia poderosa, hallóse la de Alcántara presa en los brazos de un hombre á quien no quería. La misma facilidad con que le sedujo, fué para la seductora causa de menosprecio: no era su tipo aquel muchacho sonreidor y gentil, que se dejaba encantusar igual que un nene. Adolfo no tenía «aspectos»; de una sola vez se le veía en todas sus fases, porque no cambiaba nunca su expresión ingenua y plácida, galante y dulce.
Así pensaba Regina, estableciendo con fría censura, comparaciones en que su marido quedaba siempre desairado.
—Carlitos—meditaba—es más hombre que Adolfo, y ofrece otras sorpresas, otras seducciones; en sus pupilas arde un fuego triste, un sol de drama que penetra hasta el corazón.
Y al llegar á la parte conmovedora de sus monólogos íntimos, reía en carcajadas estridentes y agudas, amargas como la hiel.
—¡El corazón!—decíase—; ¡qué de alusiones sentimentales para ese músculo que funciona á instancias de la materia, exactamente igual que el resto del organismo!... ¡El corazón! ¡Qué mote tan precioso, para un pedazo de carne donde la sangre afluye, con todas sus perversiones y averías! En metáfora, mi pobre corazón es una tierra floja en la cual ningún sentimiento echa raíces...
Y sintiéndose completamente desasida de cuanto puede atar al mundo una existencia, irritábase al ver que su destino estaba ya trazado, que todos los senderos de su porvenir tenían en el horizonte el yugo del matrimonio, la cadena del amor... ¿Del amor?
Esta pregunta era de una tristeza desgarradora al rebosar en labios de Regina. Para ella, la esperanza del amor yacía con las alas rotas, inerte, imposible...
Y á cada inquieta consulta, los descubrimientos de la recién casada respondían obstinados y crueles:—El amor es carne, es instinto, como fruto del corazón.
La clara inteligencia de la moza arrojaba su luz tímidamente sobre tantas obscuras negaciones. Si la vida no cumplía ninguno de sus ofrecimientos, si todo era fugaz y mentiroso en el mundo, ¿cómo una parte inmensa de los seres humanos sembraba optimismos uno y otro día, cosechando, al fin, realidades y venturas?... ¿Por qué el mito de la felicidad subsistía al través de las generaciones?