En sus vagos discursos, deshilvanados y tristes, Regina escuchaba como un eco obsesionante la confusa advertencia: El bien es el placer; el mal es el dolor... Pero ¿el dolor que ella sufría, se originaba de algún mal, ó existía un mal como consecuencia de su dolor?... Estaba á punto de saltar hecho pedazos aquel entendimiento, en la esclavitud de tales indagaciones.

Presa en el círculo vicioso de sus lecturas, la dama balbucía delirante: El bien es el placer... ¿Cómo se entiende? ¿Cuál es el primero, el originario?... ¿Será preciso obrar el bien para ser feliz, ó ser feliz para obrar el bien? Y se oprimía las sienes, estallantes de dudas y sutilezas, concluyendo por confesar:—Sólo sé que no sé nada... Ella vivió buscando placeres con ciego frenesí, y á lo largo de su juventud todos los goces amargaban con el ácido sabor del mal de la vida. Cuanto más elevado es el ser, más padece, recordaba la filósofa á este propósito. Y trataba de engreirse con frágil orgullo, débil hasta en sus vanidades. Así se hundía en las nieblas de un dañino apocamiento, con trazas tan decadentes, que nadie puso en duda su enfermedad.

Se atormentaba Adolfo con las prisas de poner correctivos eficaces á la extraña dolencia. Alejada de los novios, como era de razón, la corte de amigos que la dama tuvo, sin familia y sin relaciones, era menester buscarle rutas alegres fuera de allí.

El marido, que ya frecuentaba los acostumbrados lugares en la ciudad, gozando como siempre la supremacía de su linaje y fortuna, achacaba un poco el retraimiento de su mujer á la violenta situación en que ambos estaban frente á los de Ramírez, y á la expectante curiosidad del vecindario. Pero en vano insistía en hacer aquella excursión, base de olvidos y mudanzas; siempre que él hablaba de partir, suspiraba la señora con tal pesadumbre, que el viaje quedábase en suspenso, mientras la vida conyugal languidecía en actitud impaciente, supeditados á la resolución de la dama todos los planes del nuevo matrimonio. Estaba convenido que en ausencia suya se hiciesen obras de consideración en la casita del arrabal y que los excursionistas trajeran un mobiliario á su gusto para aquel breve estuche de los primeros años de amor. Andando el tiempo, Adolfo no desconfiaba de ver entrar á su esposa, con todos los honores que le correspondían, en el palacio del valle.

Después de apremiantes instancias, Regina dijo que marcharían cuando llegase su ajuar de novia, encargado por Velasquín con mucho boato. Fué un pretexto para detenerse aún, asustada por la idea de lanzarse otra vez al mundo, tan inútilmente paseado por la viajera rubia. En sus enormes decaimientos surgían de pronto afanes infantiles, caprichos inocentes como los de una niña. Dió en suponer que entre su ropa blanca pudiera llegar de París alguna solución milagrosa para sus graves conflictos. Y aquella criatura, tan profundamente decepcionada en cientos de agudos desengaños, estuvo pendiente del arribo de un baúl que entre lazos y blondas alumbró unas prendas vulgares de íntimo uso.

Mientras acomodó Marta en los armarios el flamante equipo, lloraba Regina, como si en su horizonte se hubiera puesto para siempre el sol...

A menudo Adolfo, compasivo y amante, hablaba á su mujer de una inmediata aurora de venturas.

—Te pondrás buena... tendremos un hijo—murmuraba en fervientes «escuchos».

Y ella fingía un asomo de complacencia, que rebosaba amargo desdén.

¡Tener un hijo! !Bah! Aquella ambición era insoportable á la flaqueza de Regina. Le hacía daño pensar en cosas fuertes, y arrojaba con terror aquel grandioso pensamiento, que le dolía en la cabeza con peso irresistible. Sintiéndose impotente y acabada, le parecían una burla á su incapacidad las dulces ilusiones del marido...