Desde el mes nebuloso de la boda corrieron otros cuatro, y aún Regina respondía á las instancias de Velasquín:
—Saldremos la semana que viene...
Ya florecía la primavera. Las tardes, crecientes y apacibles, se extasiaban sobre el cielo y el mar, y la dama rubia avizoraba el celaje benigno, con la vaga expresión de quien no sabe por dónde ha de venir una sonrisa de la esperanza. En la quietud de aquella triste demora, hasta el paisaje inmóvil parecía esperar algún suceso.
Adolfo llegó un día á su casa muy alegre, portador de tan grata noticia, que imaginó llevar con ella la salud á su mujer.
Doña Mercedes había hecho partícipe de sus nuevos planes de felicidad al hijo pródigo, y sintiéndose él consolado y tranquilo en el corazón y en la conciencia, supuso que ofrecía iguales beneficios á su esposa, comunicándola el raro secreto.
Habló impaciente, con el aire misterioso y las palabras en tumulto:
—¿No sabes?... Ana María es novia de Manuel.
Fué como una puñalada aquel repentino informe, que dejó convulsa el alma de Regina. Sin darse exacta cuenta de lo que estaba oyendo, interrogó:
—¿Novia de tu hermano?
Y ya, penetrándose de la noticia, se asió á la duda con zozobra: