—Los forasteros creyeron muchas veces que éramos hermanos, cuando yo la acompañaba por la calle—añora el mozo con melancolía.

Y la muchacha, con la imaginación ya ardorosa, insiste:

—Anda, Carlitos, cuenta...

Un breve silencio inicia la relación, y Regina escucha antes de que su amigo comience:

«Se me va la memoria detrás de mi madre, sufriendo siempre sumisa las tremendas borrascas del hogar. El genio violentísimo de mi padre conturbaba en agitaciones febriles la tristeza de nuestra vida... ¡Porque nuestra vida familiar era bien triste! Yo lo sentí, en cuanto la brasa dulce de otros hogares amigos me calentó el alma. Jamás entre nosotros amaneció una de esas alegrías generosas que todo lo besan y lo contagian de ilusión, desparramadas en risas y cantares. Teníamos dinero y salud, teníamos inteligencia y corazones, ¡y nos faltaba por entero la felicidad! El carácter irascible de mi padre, su trato huraño y brusco, eran como una torva nube que se cerniese sobre nuestro destino, negándonos la luz pacífica de toda íntima ventura. Bajo aquel ceño sombrío y dominador, vivía la casa en silencios angustiosos, sólo quebrantados por las crisis violentas del genial, fiero y hostil, que nos hacía esclavos. Nuestro Robledo, la finca mejor puesta de Torremar, altiva entre el bosque y la playa, libre y rebelde en la altura, me ha parecido toda, desde que siento y discurro, clavada con puñales de tristeza. La obscura masa del robledal tiene una inquietadora perspectiva...»

El relato se quebranta:

—¿No te has fijado? Acércate. Desde tu balcón se ven sus perfiles medrosos que ponen un gesto amargo en la casa, el huerto y el jardín. ¡Mira, mira qué desolada se yergue mi arboleda!

—Es verdad—asiente Regina, llevada por Carlos á la contemplación del alto bosque,—¡parece que clama al cielo!

Y vuelta al donoso conferenciante, sonríe:

—Oye: caes en lirismos agudos y me contaminas. Tu Robledo te hace poeta...