—Cursi, ibas á decir.
—Sentimental, que no es enteramente lo mismo. Hablas casi en verso.
—No te burles, por Dios. La historia rara y secreta que trato de contarte, me adiestró los sentimientos y hasta la palabra. A fuerza de escudriñar eternas horas en la negrura espesa de este dolor, he dado en la manía de escribirle; y en un cuaderno le he extendido con todos sus detalles y observaciones, para afinarle y medirle, destilado, gota á gota, como en un filtro, á ver si de mi análisis resulta algún rastro luminoso.
—¿Y no encuentras?...
—Nada. Siempre la impenetrable densidad del misterio...
—Pero has conseguido hacerte orador y adornar tu drama con divagaciones líricas que me están impacientando. Volvamos al sofá y al asunto de nuestra confidencia, y acuérdate de que yo no sé esperar; esa virtud la sigo desconociendo como antaño.
Entre dolorido y sonriente, Carlos reflexiona:
—Mi drama, sí; este «es mi drama».
Y dócil, se sienta junto á Regina, en tanto que el camarín se tiñe con resplandores de púrpura, como si en él reflejase su haz de llamas un incendio poderoso.
Es que el sol ha caído moribundo en el mar y su sangrienta agonía inflama en rojos destellos la sierra y el Cantábrico.