Exaltados en aquella luz de tragedia, Regina atiende sin interrumpir, y el narrador sentimental continúa:
«Las morbosas intolerancias de mi padre, crueles en ocasiones, solían tener sorpresas para mi hermana y para mí, porque se trocaban, de pronto, en arranques de ternura pegajosa y hasta un poco teatral. Esto sucedía precisamente cuando mamá nos juzgaba merecedores de alguna reprimenda ó prohibición. En tan inesperado momento, un melodrama paternal nos favorecía con descargos y mimos. Y á fuerza de ser injustos aquellos arrumacos, los reíamos en calladas burlas, á espaldas del autor y comediante. Si mamá sorprendía nuestra crítica irrespetuosa, decíanos con severidad:—Eso está mal hecho. ¿No le queréis?... Bajábamos la frente en grave confusión. A menudo yo le pregunté á mi hermana:—¿Le quieres tú? Y con la cabeza me contestaba que sí, muy despacio... Pero no era verdad. Mi padre nos inspiraba, únicamente, miedo ó risa. En él sólo veíamos dos aspectos ingratos: el de la tiranía y el de la ridiculez. La grande fama de sus científicos méritos, nos pareció siempre una leyenda en la cual pudiera tener fe todo el mundo, menos los hijos del naturalista ilustre. Manuscritos, dibujos y colecciones de que él se enorgullecía con vanagloria intolerable, fueron para nosotros una máquina infernal de suplicios. La servidumbre giraba ensordecida por voces y juramentos, en torno á los peces raros que el biólogo conserva, muertos ó vivos, en complicadas vasijas de cristal. Toda una instalación difícil de agua salada y de agua dulce; frágiles tubos, tendidos en forma de cañería al través de los vasos, desinfecciones, limpiezas, graduación varia de temperaturas en las diferentes salas del museo; cuanto se relaciona con los cuidados prolijos del laboratorio, corría mil azares en manos profanas, y era pretexto para que en aquel santuario de la ciencia estallasen borrascas terroríficas. Incapaz de sacrificarse á la enseñanza, y sin ideales de compañerismo, servíase mi padre de asalariados torpes, con tal que le permitiesen abrir curso sin freno á su mal humor. No atreviéndose al manejo de un látigo, pretendía, siquiera, fulminar á su antojo las amenazas y los improperios. Pero los criados pasaban como exhalaciones por el embudo de aquellas leyes tiránicas, y en huelgas tales, se quedaba mamá, sola y valiente, blanco de todas las iras y de todas las faenas. Viéndola soportar sin reproches las violencias del sabio, hablarle con dulzura y servirle con solicitud, decíame: ¡Ella sí que le quiere!—Pero me sublevaba contra aquella suposición. Yo empezaba á discernir y á razonar.—¿Por qué le ha de querer?—discutía conmigo mismo. ¿Acaso yo le quiero?—Después, arrepentido de mis ocultas rebeliones, optimistas y benévolo, pensaba:—Sin duda le admira porque es un hombre eminente y excepcional...—A escape, la más despiadada lógica daba gritos en mi conciencia.—Entonces—decía su voz—tú que eres sangre de ese hombre insigne, también debes admirarle...—Sí, le debo admirar, á lo menos,—medité, piadoso, muchas veces. Y á poco, la resonancia de una soez interjección, el ludir violento de una puerta, anunciando la presencia del déspota, me hacían estremecer y confesar:—No, no; ¡mentira!
Aquella lucha, tensa y martirizada, iba labrándome una sensibilidad precoz y depositando en el fondo de mi carácter franco y vivo, ácidos sedimentos de melancolía. Empecé á sentir por mi madre pungente compasión, y tanto supe aguzar mis dotes de psicólogo, que, de cuantas sospechas me atormentaban, hice seguridades en plazo breve. Entonces, con la triste carga de mis descubrimientos, fuí donde Ana María, deseoso de romper entre los dos el tímido ropaje de los disimulos; ya éramos «mayores», y se hacía urgente una alianza que nos pusiera á la defensiva, cerca de mamá.
En este paso, que me pareció una proeza varonil, sentíame orgulloso, á pesar mío, suponiendo que mi hermana, con dos años más que yo, iba á experimentar profundísimo asombro ante mis expertas revelaciones. La hallé sola, bordando, reflexiva como siempre. Me miró con los mismos ojos de mi madre y sonrió como ella, con esa expresión que, á veces, descubre en ambas un pliegue oculto del pensamiento, un signo de remoto desdén ó de pía benignidad... Cuando sonríen así, no se sabe si noblemente acusan ó perdonan... En aquel gesto dulce y conocido, tropecé de pronto con serias dificultades para iniciar mi discurso. Jamás de acuerdo habíamos lamentado la suerte dolorosa de nuestra madre. Una cortedad infantil, llena de azoramientos y de alarmas, nos cerró el camino de la fraternal confidencia. Sentíamos rubor y timidez para declararnos en posesión del amargo secreto. ¡Era que nos dolía la pena y el bochorno de tener que acusar á nuestro padre!
Cautivo una vez más en aquellos reparos, á despecho de mi arranque viril, me enardeció la pregunta adivinadora:
—¿Qué vienes á decirme?
Torpemente relaté mis averiguaciones; y, al cabo, con alguna arrogancia, expuse mis filiales intentos:
—Hay que «defenderla»—aludí, brioso, para convencer á mi hermana, que parecía perpleja en su actitud. Como un eco repitió:
—¡Hay que defenderla!
Pero aquella exclamación me sonó á lamento. Ana María se mantuvo absorta y muda, sin mirarme. Cuando con una caricia la hice volverse hacia mí, amapolada y trémula, se quiso cerciorar: