—Poca cosa... La novela, ya vendida, y un librito de versos.

—Serán muy hermosos—aseguró con devoción la dama rubia.

—No sé, porque á mi la poseía me causa tedio, en rimas, en paisajes y en amores.

—Yo, siendo de buena ley, la adoro en todas las formas.

—Pues yo—añadió Eva con desdén—estoy por lo positivo. No creo que las ilusiones, las quimeras y las sensiblerías puedan darnos la felicidad.

Con sosiego de meditación ó de plegaria, María murmuró:

—Acaso la felicidad es una quimera, acaso la ilusión es lo único cierto de la vida.

—Tú eres romántica; hubieras hecho con mi marido una buena pareja... En algún tiempo te hizo la corte; aun guarda muchos versos dedicados á ti.

Eva no advirtió que su amiga estaba un poco emocionada, porque se entretuvo pensando que de veras María y Diego se completaban mucho, y ella en cambio...

Paseó por el gabinete una mirada codiciosa, y en la sima profunda de sus ojos brilló una centella de perversidad. Lanzando á la conversación, sin cuidado ninguno, el nombre que tenía en los labios, preguntó: