Y dirigió á Gracián una mirada, viva y fugaz, como estival relámpago.

Después continuó hablando con su amiga:

—¿No estás con tus tíos en buenas relaciones?

—Ni buenas, ni malas... Siempre les he querido poco.

—Pues á ti bien te quieren.

—Me quiere Rafael.

—¿Y eres ingrata?—interrogó, muerta de risa, Eva.

Sin alterarse ni dejar de mirar atentamente la punta fina de su bota imperial, María dijo:

—No soy ingrata, que también le quiero yo.

—Ya lo oye usted, Gracián—exclamó Eva, un poquito burlona.