Y se puso á tararear un tango popular, lleno de sal y pimienta.

La niña rubia y pensativa estaba demasiado cerca del grupo maldiciente para no oir aquella charla procaz. Había cogido un libro que disculpara su retraimiento; pero la luz de la tarde fué apagándose en el jardín, y tuvo que plegar el libro sobre las rodillas.

Por hacerla tomar parte en la conversación, la preguntó Galán:

—Y usted, María, ¿qué dice á esto?...

Una voz cristalina y blanda se alzó, respondiendo un poco insegura:

—No sé de qué hablan ustedes...

Acercándose Galán á la muchacha, repuso con acento misterioso:

—Del idilio de Rafael.

Y dijo entonces María, no sin cierta timidez: