—Doña Luisa es muy buena...

—Pero, Dios mío, ¿quién ha dicho que sea mala?—replicó la de Infante con cinismo.

Celebraron todos la ocurrencia, y á María le tembló el libro en las manos sobre la falda blanca del vestido.

Mirábala fijamente Galán sin acordarse de sonreir ni de alisarse la barba; y observándolo Eva, escondía un destello de ira á la sombra huraña de los ojos.


IV

Le estaba contando la marquesa á Luisa Ramírez:

—De esas dos niñas que le he presentado á usted, Teresita Vidal, la que está en la mecedora, es hija del célebre médico de Palacio. Huérfana de madre, hija única, mimada y llena de caprichos, enfermiza y neurasténica, le recomiendan aires puros y vida apacible, pero ella en todas partes se aburre y se fatiga. Vidal es nuestro médico; en Madrid nos tratamos mucho; así es que ahora la niña, que vino á esta playa con una señora de respeto, pasa con nosotros la mayor parte del día; en el hotel dice que está desesperada... La otra niña, Clara Infante, es también muy amiga de mis hijas, una madrileña alegre y desenfadada que siempre está de broma. Por no separarse de Benigna y de Isabel, vino este año á la quinta que poseen unos parientes suyos aquí cerca; pero más bien puede decirse que vive con nosotros; la mayor parte de las noches se queda aquí á dormir... Aquel joven, Luis Galán, es un íntimo de Rafael; á pesar de ello no conozco mucho sus antecedentes, pero en Madrid alterna con lo mejorcito de la sociedad, y se le ve «en todas partes»; debe de ser rico, porque tiene excelentes relaciones, y luego... ¡con esa figura!

—Sí—dijo Luisa un poco mordaz—, tiene unos dientes primorosos.