Una llama de ansia rebelde prendióse en estas frases, y la mansa voz imploró desgarradora:
—No hables así, por compasión; tus palabras atraen como la sima. Al escucharte, el vértigo me envuelve y me sacude, y me invade una loca tentación de lanzarme á las regiones de esa pasión desatinada que oscurece conciencias y caminos, y vuelve las creencias al revés... Tú no querrás perderme, condenarme, hacerme llorar siempre sin consuelo...
—¡No, no, jamás!—prometió el artista con vehemencia ardorosa.
Estaban en un tajo del sendero florecido en las peñas. Abajo, muy abajo, el río sollozaba entre juncales, despeñado en el fondo de las hoces.
—Mira—dijo empañecida la suplicante voz de la mujer—, mira cómo atrae esa hermosura trágica del torrente, esa profundidad de la sima con misterio de tumba... Oye cómo las aguas parece que dan gritos y nos llaman para contarnos un atroz secreto... A poco que estuviéramos mirando, curiosos como ahora y anhelantes, el vértigo nos empujaría y no habría salvación para nosotros.
Y una mano, frágil y nítida como las espumas del Besaya, tendíase hacia el precipicio en profético ademán.
Diego, espavorecido, se apoderó con fuerza de la mano breve, la detuvo en las suyas protectoras, y ofreció con acento seguro:
—Haré lo que tú quieras, lo que mandes, no pienses en peligros ni en desgracias que te vengan por mí. Mañana regresaré á Madrid con el pretexto de alguna urgencia literaria; activaré los preparativos de mi viaje á América y en septiembre me embarcaré.
—Sufrirás mucho—se lamentó la enamorada triste.
—Eso es lo que deseo: sufrir hasta desgarrarme las entrañas, y saborear el excelso placer de vivir muriendo por amor tuyo.