—¿Tanto, tanto me quieres?—averiguó temblando el clavel de la boca de María.
Con abrasada voz, exclamó Diego:
—Con un amor tan fuerte y decisivo que lleva dentro todos los amores divinos y humanos... Te quiero como quise á mi madre, como adoro á mi hijo, como venero á Dios... y además, más todavía... mucho más.
Palideció el clavel de los labios preguntones, al proferir:
—Calla, calla; blasfemas...
Pero la voz de fuego, interrogaba.
—Y tú, ¿me quieres mucho?
Quedó muda la boca roja y dulce, y al cabo de un silencio torturante, respondió con firmeza:
—Sí; te quiero también inmensamente.
Diego, transfigurado, fervoroso, murmuró: