Luego, insinuante, añadió:

—¿Por qué no has de venir tú con nosotros?

La cabeza rubia de la señora giró en dulce negativa; María, aquel año, se propuso no salir del valle hasta regresar á Madrid á fines de Octubre, ó algo después si el otoño se presentaba benigno... Agradecía mucho aquel empeño...

Y una firmeza singular se acentuaba en sus frases de gratitud, dejando á los solicitantes pocas esperanzas de éxito.

Siguió Benigna, sin embargo, obstinada en su convite, mientras los ojos de Rafael celebraron una fiesta de admiración sobre la dama; y en tanto que sirviesen la comida quisieron los de Coronado visitar á Eva. Por el lindero complaciente del jardín pasaron los tres á la casa vecina. Ya la de Villamor los aguardaba, adiestrándose en previsiones múltiples de aliño, indagaciones y disimulo. Estaba hermosa; satánicos los ojos, profundas las ojeras, y la tez más pálida que de costumbre. Agasajada por una invitación cordialísima, dejóse rogar, titubeando; pero al saber que María se quedaba en el valle, pareció decidida á consentir.

—Nada, nada, está resuelto—declaró Rafael—, usted y el niño se vienen con nosotros esta tarde; ahora es necesario que conquistemos á María para quedar victoriosos.

La rubia cabeza de querubín, en movimiento firme dijo otra vez—No... no...

Ardiendo en impaciencias, Eva quiso enterarse.

—¿Tienen ustedes muchos invitados?