—En nuestra casa—contestó Benigna—sólo quedan la de Manrique y su madre, Gracián, y la chica de Alfaro, íntima de Isabel; pero en los hoteles hay aún mucha gente de Madrid, y lo pasamos admirablemente.

—La condesa se marcha un día de estos—aventuró el acento profundo de Rafaelito. Y Benigna dirigiéndose á la de Ensalmo:—También Gracián—dijo—emprenderá desde Las Palmeras una excursión antes de venir á buscarte... ya sabrás...—Con discreta mesura, la voz musical de la esposa, que ignoraba los proyectos del infiel, repuso:

—Sí; ya sabía...—y un aire de sutil indiferencia envolvió estas palabras como en un tul vaporoso que flotó con misterio en la plática... Los ojos de María estaban parados en remota meditación, al borde de una mesa escritorio llena de papeles y libros. Aquella sala alegre, con balcones á la casona y al jardín, era la habitación preferida del poeta, su taller literario en otro tiempo; ¡tiempo distante, huído para siempre!

Las azules pupilas soñadoras tornáronse infantiles, de tan cándidas, al rimar los recuerdos de una adolescencia compartida fraternalmente con el hombre, amado ahora, en la desventura... Benigna y Eva discutían los inconvenientes de llevar al niño á la playa; resistíase de pronto la de Villamor, con nuevos escrúpulos, en aceptar la invitación para el nene, tan delicadito, tan mimoso... Era una fatiga salir con él fuera de casa...

—Pero le vendrán muy bien aquellos aires; quizá los baños... los de este mes son los mejores—anunciaba Benigna.

—No, no; es mucha molestia para ustedes.

—De ninguna manera...

Intervino María con prontitud:

—Déjamele á mí; con Lali estará muy contento.

Y el chiquillo, que se había deslizado en la visita y escuchado al lado de su madre, susurró: