—¡Ah! Es un tipo muy famoso: ex militar, ex negociante, ex político... en eterna oposición con todo lo divino y lo humano... Ha caído en esta playa por casualidad, cansado de recorrer todas las conocidas y renegando de todas... Nos divierte mucho, está furioso porque no sale el sol...

—¿Es casado?

—Sí..., pero está separado de su mujer... ¿no le digo á usted que es un disidente de todo lo establecido?


V

Entró el marqués, con mucha solemnidad, y cumplimentó puntual y cortésmente á toda la concurrencia, sin omitir frase ni sonrisa de las señaladas para el caso.

Figuraos un señor de tipo arrogante y majestuoso, uno de esos arquetipos con que suele representarse en mármoles y bronces la estampa de la noble ancianidad. La frente ancha y despejada; los ojos grandes y vivos; la nariz aguileña; el pelo abundante y sedoso, blanco como la nieve, igual que la barba, una barba de apóstol, toda rizada; el cuerpo alto y membrudo; la actitud grave y señoril... ¿Imagináis, con tan «hermosa cobertura» un entendimiento ruin y perezoso, un espíritu de una vulgaridad insuperable? La señora naturaleza suele darnos estas bromas crueles. Sin despegar los labios, el marqués imponía con su presencia: era un prócer de la vieja cepa castellana, con trazas de condestable ó de maestre; pero apenas abría la boca, brotaban de ella en afluente discurso todos los lugares comunes y tonterías épicas puestos al alcance de los caletres hueros. Y lo peor del caso era que el buen señor le placía hablar de todo, con una suficiencia, con una pausa y un énfasis que daban grima. Suponed por un momento al Moisés de Miguel Angel, abriendo sus labios de mármol para decir una majadería, y tendréis cabal idea del señor don Agustín María Celada y Osorio, marqués de Coronado.

Luego de cumplimentar á sus amigos y de acariciar con una mirada protectora el rostro bello de la marquesa y las caritas pálidas y maliciosas de sus hijas, anunció pomposamente, irguiendo el arrogante busto en medio del salón.

—Grandes noticias...