Quedo la despedida palpitando en el silencio, suspensa entre las sombras, como trágica rasgadura de carnes ó supremo tremar de corazones...

Lo mismo que si huyera, perseguido de atroces amenazas, partió Villamor al día siguiente, muy temprano.

Tomó un tren hacia la capital montañesa, donde necesitaba arreglar algunos asuntos relacionados con su expatriación, y, aquella noche, volvería á cruzar por última vez su valle nativo, en viaje á La Coruña, para salir de allí con rumbo á la Argentina en un buque inglés, próximo á zarpar.

Sostuvo Eva una lucha terrible entre su vanidad y los deseos de suplicarle á su esposo confianza y compañía. Hubiera querido irse con él, abrazarse á él, pedirle por favor un poco de cariño. Pero en sus labios el freno del orgullo atajó las palabras; y volaron las horas, y la tragedia de aquellas vidas, jóvenes y fuertes, se consumó en silencio cruelísimo, sin el santo rumor de lágrimas y besos, que en los grandes dolores canta un himno de paz consoladora...

Humano y generoso el artista, le dejaba á su mujer medios para esperar nuevos socorros suyos, y libertad para residir donde quisiera, pero esto, que, unos meses antes, era todo el afán de la ambiciosa, al presente le causaba inquietud y desconsuelo. Viendo cómo aquel hombre se alejaba, tan solo, tan triste, tan vencida la frente genial y juvenil, una piedad doliente y nueva se despertó en el pecho de la esposa. Quedóse hundida en pensamientos negros donde brillaban súbitos resplandores de pasión. Una solicitud de hogar, una entrañable ternura, tomaban su corazón, tan ocioso y baldío para el bien. Con desvelos de madre se acordaba de lo mal preparado que iba Diego para una larga travesía. Llevaba un equipaje mezquino improvisado en pocas horas... Miró sobre su falda unos billetes que representaban, de seguro un sacrificio heroico, un acto de nobleza que ella no merecía.

Clara luz de los cielos alumbraba sus pasados errores; se confesó culpable; tuvo remordimientos y cuidados amorosos, tuvo, al fin, olvido de su merecida desgracia para pensar con pía compasión en la injusta suerte de su marido. Y lloró mucho, con un dolor hondo y sincero, como aquella tarde que viera la amenaza implacable sobre la frente pura de Tristán. Padecía un olvido de todo, lo que no fuése su arrepentimiento, cuando entró Lali, diciendo entre sollozos:

—Mi mamá no parece... se ha marchado...

Eva se levantó estupefacta.

—¿Que dices?... ¿se ha marchado?... ¿con quién?—inquirió con la sospecha encendida en los ojos y en la voz.

—No sabemos—decía la chiquilla, asustada y gimiente.