En la puerta apareció Gracián, que sin previos saludos ni preámbulos, dijo en tonos teatrales:

—Ya sabrá usted que mi mujer ha desaparecido.

En el colmo del estupor, Eva cubrióse la cara con las manos y pudo balbucir:

—Pero, ¿es de veras?

—De veras me parece: muy temprano, la vieron ir sola por el camino de Santacruz, ella que no sale jamás... Es la una de la tarde y no ha vuelto; la hemos buscado inútilmente... he mandado por los alrededores emisarios; nadie la encuentra...

—Yo sé quien la encontrará—exclamó bruscamente Eva, con desatada amargura.

—¿Quién?—preguntaba Gracián, curioso y un poco demudado.

—Mi marido.

—¡Villamor!—pronunció el caballero, deteniéndose en aquel nombre con trazas de haber dado en la clave de algún enigma. Y añadió con más sorpresa que indignación y duelo: