—¡Quién lo hubiera creído!...

Después, disimulando su pasmo y su rabia, con viles bromas murmuró:

—No irán muy lejos, y volverán demasiado pronto. Nada debe asombrarnos en el mundo, y usted y yo nos podemos consolar... mutuamente.

Se acercó á la mujer, encontrándola hermosa como nunca, con aquel aire sombrío y helado. Pero ella le detuvo con un gesto de repugnancia, ordenándole:

—¡Salga usted ahora mismo!

Lali, sin comprender aquella escena clamaba inconsolable:

—¡Madre mía!...


Nubes espesas como las del cielo se amontonaron dentro del palacio.

Doña Cándida, la niña y la servidumbre se confundían en lamentaciones y en inquietudes, sin atinar con una razonable explicación de la ausencia de María.