Gracián andaba á tumbos por la casa; recorría después los huertos y el bosque, y en infantiles pesquisas hurgaba con los ojos los pálidos macizos y la linde de arbustos, como si la ausente fuera una brisa ó una mariposa que pudiera volar entre la muerta hojarasca. Todo eran confusiones absurdas y pueriles delirios en la mente de aquel hombre liviano. Había aceptado sin la menor resistencia la traición de una esposa tanto tiempo modelo de virtud, y no sabía si estaba pesaroso ó le halagaba cierto insano placer, pensando en el ruido de aquella aventura, que iba á proporcionarle un desafío, un divorcio; una nueva fase de vida notoria y popular. Ya adoptaba gallardas actitudes, y elegía mentalmente huecas frases de honor y de venganza y severas palabras de justicia. Distraíase luego recordando el aspecto singular de su mujer en los últimos meses... ¡Y cuidado que estaba encantadora!... ¡Qué tristeza tan dulce... qué reposo tan noble... qué mirada la suya!... ¡Era un hechizo!... ¿Cómo aquel Villamor, tan callado y tan serio, lograría enamorarla?... ¡Vaya, vaya con el poeta!...
Se puso á silbar, y, de pronto, su pensamiento ambulario cayó en Eva con saña: la muy tonta, ahora quería darse tono de señora formal y mujer digna; ¡ja, ja, ja!... Toda aquella pamema era despecho de la conducta de él... ¡No se podía usar tanta crueldad con las mujeres!... Y la pobre María estaba siendo otra víctima de los desdenes suyos; olvidada, celosa, quiso vengarse, quiso un poco de consuelo. Volvería, de fijo, arrepentida, á implorar su perdón... ¡Y estaba tan bella! Lo peor era el escándalo de la escapatoria... Tendría que batirse... ¡Y que el tal Villamor debía de ser obstinado y valiente, detrás de su apacible timidez!... Se volvió á preocupar de las posibles consecuencias de aquel suceso, y erró con pasos inseguros, distraído de la lluvia que lenta caía. Bailaba el viento danzas otoñales con ropa de hojas crugientes, y alzaba tolvaneras en los caminos con siniestro aparato; las nubes corrían velozmente como si fueran á llevar una mala noticia.
Mirando aquella furia del paisaje, Gracián se refugió en la casona, entretenido en una fugaz meditación acerca del cambio de las estaciones y de la veleidad de las mujeres... María, Eva, Rosa... ¡qué sorpresas tan raras le habían reservado, y á qué cambios tan repentinos y tan interesantes las había sometido el amor que le tenían!... Se quiso ufanar de los estragos pasionales que su persona causaba en torno, pero un jirón de rabia mal cubierta contraía en sus facciones el hábito de orgullo; y vagamente, con arrastradas ondulaciones de reptil, corrió entre los criados la acusación que denotaba el semblante violento del señorito. El nombre de Villamor, unióse «de escaleras abajo», en infame ayuntamiento con el de la señora... Doña Cándida, que tal rumor oyó, medio muerta de susto, repetía muchas veces su férvido ¡Dios mío! y besaba á la niña sin cesar.
La tarde finaba lenta y turbia, sin que pareciese el rastro de María.
XXV
Temblando de humildad la siempre altiva, enamorado el duro corazón, toda supeditada á sus nacientes anhelos, Eva decidió salir á Santacruz cuando pasara el tren donde su esposo partía aquella noche.
Estaba muy confusa en su mente la idea de que María acompañase á Diego en culpable amistad. Las palabras fervientes con que él habló de aquella mujer, encumbrándola por encima de todas las pasiones y de todas las miserias humanas, se iban aposentando con dulzura medicinal en el corazón de Eva, abierto por el dolor á los nobles sentimientos.
No era posible aquello que en un instante de sorpresa pronunciaron sus labios, aquello que Gracián creyó tan fácilmente, para que toda villanía hallase abrigo en la perfidia de aquel hombre. Acaso María huyera de él, pero no con Diego... Las alas de la duda azotaban implacables los sanos pensamientos que nacían débiles y chiquitos en el alma enfermiza de la desventurada. Con esforzado espíritu resolvióse á afrontar todos los riesgos de una entrevista con su marido. Le haría detenerse; le hablaría de hinojos si era menester; le pediría perdón y caridad con todas las humillaciones que él quisiera... Eva no era la misma; acababa de nacer, ó despertaba de un largo sueño, de un sueño de mentira y egoísmo... Quería irse con Diego, trenzando una vida nueva y piadosa; lucharía con él; trabajaría con él; tendrían, acaso, otros hijos; serían suyos otra tierra y otro cielo...