—Sí... sí... iré en seguida—murmuraba con exaltación delirante, arrebatada, febril, combatida por incertidumbres y esperanzas. Como la tarde se tornara amenazadora, Eva quiso salir antes que cerrase la noche; en la estación esperaría hasta las ocho que pasaba el tren. Y salió, recatándose de la casa vecina; iba sola, veloz, envuelta en un abrigo, armada con un frágil paraguas ciudadano; sorteaba los senderos indecisos de la vega, borrados por el desuso de aquel tiempo de holganza labradora, y empapados de lluvia. Se hundieron muchas veces en el fango los pies de la viajera, impaciente al sentirse alcanzada por la sombra y por la tempestad. Arreció el viento, y el agua se condensó en granizo; y los truenos bajaron por el monte con lumbre de centellas cegadoras. A lo largo del camino los árboles sufrían y se desgajaban, y del río, furioso en su crecida, rodaba por el valle el ronco acento.

Eva hallóse mecida en los rigores de la nube, sentía un solo temor, el de perderse en el campo, raso por la tormenta, y no llegar á la estación antes que el tren pasara. Alzó una súplica vehemente á la hórrida negrura de los cielos, y siguió caminando con intrepidez sobre el fangal resbalalizo de la vega. En la desolación del llano, rompióse la maraña de la lluvia por una blanca línea; era la fachada del molino de Santacruz. La dama peregrinante se detuvo reconociendo el sitio, muy contenta de no haber equivocado su ruta. Al otro lado del cauce, cruzando el breve «ansar», una senda más frecuentada que las mieses, conducía hasta el pueblo, y en pocos minutos á la estación.

Había caminado de prisa la señora, á pesar de los cierzos inclementes; calculó que sería muy temprano y que podía descansar tal vez hasta que la nube se alejara. La fábrica en paro largos meses, tenía un cobertizo placentero; Eva atinó con él y se puso al abrigaño, conforme con la rusticidad de aquel asilo, como una recia campesina acostumbrada á tales aventuras. Sentíase fuerte y casi feliz; su naturaleza robusta, propensa á vencer, se adueñaba de la esperanza fácilmente. Después de las tinieblas espirituales en que había vivido, durante aquellos días, luchando con sus pasiones y con su ceguedad, gozaba en triunfar de sí misma, en domeñarse con soberano señorío; le parecía que afirmaba su paso en tierra sana y fecunda, que su horizonte se aclaraba con la aurora de una nueva existencia. No la inquietaban la adustez del nublado, ni la humedad de sus vestidos, ni la atroz amenaza de las aguas molineras, hirvientes en el cauce; la fuerza corporal de aquella mujer daba un empuje brioso y denodado al despertar de su conciencia y de su corazón. Con hambre de las nuevas emociones que en germen disfrutaba, ya sentía el afán de humillarse y de sufrir para lograr después premios divinos; cosechas de inmortales placeres... Sentada en un haz de leña, como en muelle sillón, y extraña á la bravura de aquella pánica soledad, amasó con rapidez una rara mezcla de pensamientos saltarines y varios. Lo menos dos minutos estuvo meditando en la rápida boda de Isabelita con Luis Galán... Pensó luego en la de Rafael. A propósito de aquella boda, recordaba cuando se dijo que la de Ramírez podía ser madre de su novio, y María replicó, seria y triste:

—Eso necesita Rafael; una madre...

María tuvo razón...—¡Una madre!—murmuraba Eva, con las entrañas estremecidas de una ternura inmensa y maternal—sí: cada mujer debe ser una esposa y una madre para el compañero de su vida...

Se levantó inquieta por llegar á los brazos ó á los pies del hombre á quien debía desvelos doblemente sagrados... Las nubes traslucían débilmente un destello de luna, y la tempestad se alejaba hacia las hoces, fugitiva del valle. Con firmeza y con prisa ganó Eva el puente del molino; anduvo algunos pasos llena de ansiedad, y de pronto, resbalaron sus pies en el tablón roído y vacilante, mojado por la lluvia. Un grito aciago desgarró la noche. El cuerpo de Eva sepultóse en las aguas, arrebatado entre espumas por la corriente bravía. La luna se asomó á los cielos con cara de muerta, y en el «ansar» cercano el viento se detuvo piadoso á sostener las alas febles de un suspiro; hondo suspiro de un alma que despertó de los engaños de la vida en la verdad eterna de la muerte...


XXVI

Para distraer la lentitud de aquellas horas raras, Gracián salió al camino una vez más, registrando las veredas y los recodos con obstinada porfía; la noche se había serenado y él fué alejándose de la casona bajo los árboles en esqueleto, sin rumbo ni propósito. Por casualidad tomó la senda de Santacruz, la más abierta en el valle; no había vuelto por ella desde su malograda cita con Rosa, y el recuerdo de la muchacha, huyendo con su novio en el instante mismo de juzgarla él suya, causóle una molestia picante, un vivo escozor que le dolía. En vano se quiso convencer de que la moza estaba muerta por él de amores; la realidad le hacía una burlona mueca, demasiado visible para que el «superhombre» lograse esquivarla; pero quería pensar en la doncella y tejer mil pensamientos distintos, para huir del presente bochornoso, que tomaba como suprema broma del destino. Ni honor ni dignidad se sublevaron en su alma ante aquel infortunio que por seguro diera; mas su pudor de tenorio padecía, y también el reciente capricho por la esposa que abandonó años enteros, ultrajada; la costumbre de su optimismo, aun le inspiró, soberbia, este desprecio:—¡Bah! ¡Mujeres!... las hay siempre de sobra...